NIÑOS y ADOLESCENTES

 

El mundo de los más pequeños y de los adolescentes, es incluso más complicado, en ocasiones que el de los adultos, y sin duda hay que prestarle una gran atención, porque están construyéndose como personas, su mundo emocional se está desarrollando en complejidad, lo que desemboca en conflictos (en todas las áreas personales) que les acaba desbordando tanto a ellos mismos como a las personas que les rodean.

 

Además, no poseen todavía los recursos necesarios que los adultos ya tenemos para hacerse entender por ellos: son dos mundos y dos lenguajes en ocasiones muy distintos.

 

Mi labor siempre ha consistido en proporcionarles un espacio de escucha y acogida donde sentirse aceptados, para poder después devolverles una imagen de cuál es su papel en la realidad, cuáles las consecuencias de sus actos, que crezcan en responsabilidad y madurez, y que descubran y acepten sus características psicológicas y sus potenciales positivos.

 

A menudo, los adultos tendemos a olvidar que los niños, aunque “bajitos” son tan personas como nosotros; nos centramos solamente en sus conductas, sobre todo si las juzgamos inadecuadas, sin darnos cuenta de que detrás de cada actuación suya, existe una causa personal que la motiva.

 

  • Baja autoestima.
  • Desarrollo de habilidades sociales:Expresión y aceptación de sentimientos positivos.y negativos; saber escuchar a los demás , defender tus derechos y respetar los de los demás.
  • Fracaso escolar.
  • Mal comportamiento en el colegio o en casa.
  • Hiperactividad.
  • Problemas de sueño.
  • Dificultad en las comidas.
  • Trastornos de separación, de adaptación, miedos infantiles…
  • Pequeñas depresiones relacionadas con cambios en su entorno vital (divorcio de los padres, muerte de familiares, cambio de ciudad o colegio…)
  • Problemas de conducta: reacciones agresivas, celos, rabietas, desobediencias…
  • Trastornos de la conducta alimentaria y del sueño.
  • Trastornos de aprendizaje en el ámbito escolar.

 

Además, los padres (especialmente durante la época de la adolescencia de los hijos) sienten en muchas ocasiones un profundo desconcierto ante los bruscos cambios que observan en sus hijos, y que en muchas ocasiones se sienten incapaces de afrontar.

 

PRINCIPIOS BASICOS PARA EDUCAR

 

Educar bien es enseñar a conocer las propias posibilidades, desear crecer, aceptar nuestras limitaciones y nuestras virtudes de forma sana.

 

Es enseñar a adaptarse a todas las situaciones, buenas y malas.

 

No es proporcionarles experiencias buenas y aislarle de las malas; es ayudarle a aprender de ellas.

 

Para educar bien no existen recetas: se aprende de experiencias concretas y luego se generaliza.

 

Educar es una toma de decisiones constante, y nuestras decisiones están muy influenciadas por cómo hemos sido educados.

 

Educar a un hijo no es compensarle por lo que no hemos recibido en nuestra niñez: “los niños no nacen con tus carencias ni tus necesidades; no se las crees”.

 

Debo ser consciente de lo que me trasmitieron cuando me educaron.

 

Debo educar en el presente con perspectiva de futuro.

 

Una mala actuación ahora se paga con creces en el futuro.

 

No debo angustiarme, si no puedo, busco ayuda.

 

Para educar bien es necesario tener sentido común.

 

Muchas veces necesitaremos una visión objetiva desde fuera.

 

No existen los superpadres; todo el que te comente que su relación con su hijo es perfecta, puede ser que necesite aparentar o que no quiera ver los problemas.

 

Nada es lo mismo para un hijo que para otro.

 

Educar bien no es buscar las mismas condiciones para todos, sino dar a cada hijo lo que necesita: Hacerlo así no es ser injusto, ayuda a los hijos a crecer aceptando la individualidad de cada uno.

 

Educando voy a cometer errores.

 

No hay error que no se enmende.

 

Puedo rectificar sin perder la autoridad.

 

Sé positivo: dile a tu hijo lo que te gusta y pon un límite a lo que no.

 

Un niño es una antena parabólica constante: se entera de todo, lo imita todo: el niño aprende más de lo que ve, que de lo que le decimos.

 

El mayor deseo del niño es controlar el entorno, en el que también estamos nosotros: controlar nuestra reacciones le fascinará, aunque sea a costa de que nos enfademos con él.

 

El niño necesita libertad conducida.

 

Si nosotros no ponemos límites a su conducta, lo hará él.

 

Nunca debo mentirle; si le enfrento a aquellas cosas que no le gustan pero que debe aceptar, le preparo para asumir la realidad.

 

Si le miento le haré un inmaduro (necesitará que le disfracemos las cosas para aceptarlas) y un inseguro (si no me puedo fiar de mis padres: ¿de quién me puedo fiar?).

 

Debo explicarle las cosas (casi siempre) de formas breve, aunque a veces también necesitan un “porque lo digo yo”.

 

Levantar los castigos o encubrir los errores sólo es sobreprotección: las personas sólo aprendemos de los errores si vivimos las consecuencias de los mismos: crearemos chicos inmaduros incapaces de enfrentarse a la frustración.

 

El mayor deseo de un niño es que sus padres estén pendientes de él.

La atención es nuestra mejor arma: quien sabe cómo y cuándo prestar atención a su hijo, sabe educar.

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